(Agustín Fernández Paz)
—¡Cuántas! —exclamó el padre—. ¡Casi llega para la comida de mañana!
—No te rías de la niña, Pedro —intervino la madre—. La verdad es que son bastante grandes, mejores que muchas de las que se compran.
—Mañana, cuando vuelvas del colegio, las asaremos en el horno. ¡Prometido! —concluyó el padre al tiempo que le guiñaba un ojo a Raquel.
Cuando acabaron de cenar, su madre le dijo:
—¿Por qué no vacías ahora la mochila y colocas todo en su sitio?
—¡Mamá, estoy cansada! Y me caigo de sueño. Ya lo haré mañana —lo que menos deseaba en aquel momento era ponerse a guardar nada.
—Pues, venga, vete a la cama, entonces. Pero mañana, cuando vuelva del trabajo, quiero ver cada cosa en su sitio. ¿De acuerdo?
Raquel se despidió de sus padres y se fue a acostar. Estaba agotada, después de un día tan agitado; pero también se sentía feliz porque, aunque solo fuese por una vez, Carlos y los otros se habían olvidado de ella. Se metió rápidamente en la cama y apagó la luz, dispuesta a dejarse atrapar por el sueño que la invadía.
Cuando ya estaba casi dormida, algo hizo que se despertase de repente; le había parecido oír un ruido extraño y apa gado, distinto de los habituales a los que estaba acostumbrada. Se mantuvo quieta, con los oídos alerta, casi sin atreverse a respirar. Después de algunos segundos de silencio, volvió a sentir el mismo ruido. Era como un tenue roce o un rebullir que no sabía identificar.
Raquel notó que todos los miedos que alguna vez había sentido volvían a aparecer dentro de ella, pero aumentados cien veces. El corazón comenzó a latirle con tanta fuerza que parecía querer sa lírsele del pecho. Porque aquel ruido no venía de afuera, sino de dentro de su habitación. ¡Y sonaba muy próximo, como si se produjese a pocos pasos de ella!
Se tapó la cabeza con la manta, en un intento inútil por protegerse, y se escondió allí dentro, como un animal en su madriguera. Por fin, después de haber permanecido así durante varios minutos, se decidió a asomar la cabeza otra vez. En cuanto lo hizo, volvió a oír el ruido. Ahora, intentando controlar su miedo, se concentró en localizar de dónde procedía.
Venía de cerca del armario, estaba segura; pero no de dentro del mueble, sino de fuera de él. ¿Qué podría ser?
Armándose de valor, encendió la luz. Los extraños sonidos cesaron al momento. Miró hacia donde provenían y lo único que vio fue su mochila, que antes había dejado tirada al lado del armario. ¿Sería la mochila la que, al resbalar, producía aquel ruido?. Se levantó de la cama para colocarla bien. Pero, cuando ya la iba a coger, notó que algo se movía dentro de ella. Asustada, retrocedió unos pasos, con el corazón otra vez agitado.