(Juan Farias)
Siempre quise aburrirme y nunca pude. A un amigo mío, a Nano, el hijo del notario Antón, siempre le era de lo más fácil. Sólo con decir: —Me aburro. Ya se le ponía cara de asco. Yo decía: —Me aburro. Y no funcionaba.
Una vez me encerré en el armario de guardar los abrigos cuando media mayo.
—Ahora sí —dije—, aquí, a oscuras, sin nada que hacer, seguro que termino aburrido del todo.
La oscuridad es emocionante, y más si huele a naftalina y zapato. La oscuridad es oscura y si está callada, pues bueno, se aguanta, pero si aletea, o respira, si respira y aletea, lo mejor es irse a la cocina.
Puede que lo que oigas sea a un ratoncito comiéndose el vivo de tu abrigo de lana, o a la carcoma que lleva años empeñada en comerse el armario, o a un bicho enorme, verde y viscoso, que no mueve el rabo.
Lo dejé para otro día. Mi hermana Nene estaba en el corral, a dar de comer a las gallinas y al pato sin pareja. Le dije:
—Nene, no me aburro. —Pues haz el pino —dijo Nene. Y no me hizo más caso.
A Nene, mis problemas le importaban muy poco. Con los doce años cumplidos, quería ser buzo, pájaro carpintero, mariposa de abril, mamá de cinco hijos y cantante de ópera, pero delgada y rubia.