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 CHARLIE Y LA FÁBRICA DE CHOCOLATE

(Roald Dahl)

 

Los otros tres ancianos movieron afirmativamente la cabeza y dijeron:

—Absolutamente verdad. No puede serlo más.

Y el abuelo Joe continuó:

—¿Quieres decir que nunca te he hablado del señor Willy Wonka y de su fábrica?

—Nunca —respondió el pequeño Charlie.

—¡Santísimo Cielo! ¡No sé qué me ocurre!

—¿Me lo contarás ahora, abuelo Joe, por favor?

—Claro que sí. Siéntate en la cama junto a mí, querido niño, y escucha con atención.

El abuelo Joe era el más anciano de los cua­ tro abuelos. Tenía noventa y seis años y medio, y ésa es una edad bastante respetable para cualquiera. Era débil y delicado como toda la gente muy an­ ciana y apenas hablaba a lo largo del día. Pero por las noches, cuando Charlie, su adorado nieto, es­ taba en la habitación parecía, de una forma mis­ teriosa, volverse joven otra vez. Todo su cansancio desaparecía y se ponía tan ansioso y exaltado como un niño.

—¡Qué hombre es este señor Willy Won- ka! —gritó el abuelo Joe—. ¿Sabías, por ejemplo, que él mismo ha inventado más de doscientas nuevas clases de chocolatinas, cada una de ellas con un relleno diferente, cada una mucho más dulce, suave y deliciosa que cualquiera de las que puedan producir las demás fábricas de chocolate?

—¡Es la pura verdad! —gritó la abuela Josephine—. ¡Y las envía a todos los países del mundo! ¿No es así, abuelo Joe?

—Así es, querida mía, así es. Y también a todos los reyes y a todos los presidentes del mundo. Pero no sólo fabrica chocolatinas. ¡Ya lo creo que no! ¡El señor Willy Wonka tiene en su haber algunas invenciones realmente fantásticas! ¿Sabías que ha inventado un método para fabricar helado de chocolate de modo que éste se mantenga frío durante horas y horas sin necesidad de meterlo en la nevera? ¡Hasta puedes dejarlo al sol toda una mañana en un día caluroso y nunca se derretirá!

—¡Pero eso es imposible! —dijo el pequeño Charlie, mirando asombrado a su abuelo.

—¡Claro que es imposible! —exclamó el abuelo Joe—. ¡Es completamente absurdo! ¡Pero el señor Willy Wonka lo ha conseguido!

—¡Exacto! —asintieron los demás, moviendo afirmativamente la cabeza—. El señor Wonka lo ha conseguido.

—Y además —continuó el abuelo Joe, hablando ahora muy despacio para que Charlie no se perdiese una sola palabra—, el señor Willy Wonka puede hacer caramelos que saben a violetas, y caramelos que cambian de color cada diez segundos a medida que se van chupando, y pe­ queños dulces ligeros como una pluma que se derriten deliciosamente en el momento en que te los pones entre los labios. Puede hacer chicle que no pierde nunca su sabor, y globos de caramelo que puedes hinchar hasta hacerlos enormes antes de reventarlos con un alfiler y comértelos. Y, con una receta más secreta aún, puede confeccionar her­mosos huevos con manchas negras, y cuando te pones uno de ellos en la boca, éste se hace cada vez más pequeño hasta que de pronto no queda nada de él excepto un minúsculo paj arillo de azúcar posado en la punta de tu lengua.

El abuelo Joe hizo una pausa y se relamió lentamente los labios.