volver a la Biblioteca

 UNA (estupenda) HISTORIA DE DRAGONES Y PRINCESAS (... más o menos)

(Jordi Sierra i Fabra)

 

De cómo llega a nuestra historia el intrépido paladín Ezael, (¿Ezael? ¡Y lo que le gusta inventarse nombres raros! ¿Qué tiene de malo Francisco o Jaime, aunque sea un libro de fantasía?) dispuesto a rescatar a la princesa de las garras del dragón.

El día fijado para la comparecencia de los candidatos a rescatar a la princesa, la corte aguardaba impaciente en el gran salón del trono. En el Viejo Reino jamás habían existido las guerras, así que las armas eran más bien de adorno, un complemento para las grandes ocasiones. Espadas, lanzas, escudos... Una vez al año se hacían concursos de tiro al blanco con arco y flechas y también con lanzas y puñales. Nada más. Siendo así, y aunque en los cuarenta y nueve pueblos, más la capital, abundaban los buenos mozos, no se tenía constancia de que hubiese héroes o paladines intrépidos. Ninguna causa conocida, en los últimos trescientos o qui nientos años, había precisado de un héroe o un paladín.

Por lo tanto... A casi nadie extrañó que no apareciese ningún gallardo joven dispuesto a sacrificar su vida por la princesa.

¿Quién iba a querer luchar con un dragón? (Eso sí tiene sentido. ¡ Nadie quiere luchar con un dragón! ¡Sólo en los cuentos de princesas y dragones con el inevitable héroe!)

El único candidato fue un muchacho espigado, delgado como una rama, de cabello rojizo, que llegó a palacio a pie y vistiendo ropas muy sencillas, como las de cualquier joven. La guardia real no quería dejarlo pasar. Tuvo que enfadarse para que le hicieran caso.

—¡He venido por la proclama del rey! —gritó—. ¡Quiero salvar a la princesa Brunilda! (¿Lo ves? ¡Brunilda! ¡Toma. Ya!)

—¿Tú? —se rieron los guardias—. ¡Pero si no eres más que un alfeñique!

—¡Tengo tanto derecho como el que más! ¡El rey no ha hecho ninguna distinción! ¡Sólo ha pedido ayuda, y he venido a dársela!

Las risas aumentaron, pero nadie se atrevió a rechazar al muchacho, máxime cuando era el único candidato a la vista. Por los caminos reales, los vigías hacían señas con sus banderas a la torre indicando que por allí no se acercaban posibles pretendientes.

El muchacho fue conducido a presencia del rey. ( Menos mal que no dice nada de que sea guapísimo). El pobre monarca, advertido y sabiendo ya que aquél era el único de sus súbditos dispuesto a enfrentarse al temible dragón, se lo quedó mirando con el corazón encogido.

Pobre princesa, pensaban los presentes en el gran salón.

—¿Cómo te llamas? —quiso saber el rey.

—Ezael, mi señor.

—¿De dónde eres?

—Del más alejado de los pueblos del reino, Sabayir —respondió con orgullo.

—¿Y qué edad tienes?

—Diecinueve años.

Un murmullo de piedad y desánimo cundió por la estancia real. Ciertamente, el llamado Ezael era lo que parecía: un muchacho. Ni siquiera se trataba de un hombre hecho y derecho, con un mínimo de posibilidades de enfrentarse al dragón. Tal parecía que la suerte de la princesa estaba echada.

—¿Eres diestro con las armas? —siguió el rey.

—Puedo darle a una pulga a diez metros de distancia, mi señor.

—¿Con una flecha, con una lanza? —se animó su majestad.

—Con una piedra —sonrió Ezael.

Hubo un par de sonrisas. Nada más.

—¿Quieres matar al dragón con una piedra?

—No lo sé, señor. Llegado el momento, lo veré. A lo mejor sólo es cuestión de hablar. (¡ Anda ya!)