(J.R. Tölkien)
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón.
Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de
plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura,
y botas negras.
—¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol
brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las
cejas largas y espesas, más sobresalientes que el ala del sombrero, que le
ensombrecía la cara.
—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir
que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día
en que conviene ser bueno? —Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día
estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una
pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo
el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo
las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin
romperse, y se alejó flotando sobre La Colina.
—¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de
humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y
es difícil dar con él.
—Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no
estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e
incómodas que retrasan la cena! No me explico por qué atraen a la gente —dijo
nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás del tirante lanzó otro anillo de
humo más grande aun. Luego sacó el correo matutino v se puso a leer, fingiendo
ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en el bastón
observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y
aun un poco enfadado.
—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué
no probáis más allá de La Colina o al otro lado de Delagua? —Con esto daba a
entender que la conversación había terminado.
—¡Para cuántas cosas empleas el Buenas días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres
decir que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya.
—¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo
conocer vuestro nombre...
—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y
tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy
yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días
como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!
—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al
Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no
se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en
las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y
rescates de princesas y la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda? ¿No el
hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan excelentes?
¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano.
¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego
que quedaban suspendidos en el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis
dado cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo creía, y
también de que era muy aficionado a las flores. —¡Diantre! —continuó—. ¿No sois
vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen
hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a
visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida
era bastante apacible entonces Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre
de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que
todavía estuvieseis en actividad.
—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace
descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con
cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria
de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo
que has pedido.
—Perdón, ¡yo no he pedido nada!
—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos
como para embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para
ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.
—¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero
venid a tomar el té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana!
¡Adiós! —Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta
verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llega; a parecer grosero. Al fin y al
cabo, un mago es un mago.
"¡Para qué diablos lo habré invitado al té!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la
despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o
dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al
cabo de un rato subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la
hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el
momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a
pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las
cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:
Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para
ponerse a anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta
principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y
un platillo y un pastel o dos más, y corrió a la puerta.
—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en
realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón
dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la
puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y —¡Dwalin a vuestro
servicio! —dijo saludando con una reverencia.
—¡Bilbo Bolsón al vuestro! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para
hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a
hacerse incómodo, añadió—: Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y
tomad algo conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué
haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara sus cosas en vuestro
vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer
pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente.
—¡Disculpad! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
—¡Así que al fin habéis venido! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf.
Pero no era Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo,
de barba blanca y capuchón escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto
como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.
—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio en la percha el capuchón
verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a vuestro servicio! —
dijo con la mano en el pecho.
—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el
han empezado a llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque
prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible
presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las
obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran
penosas, quizá él se quedara sin ninguno.