(Ricardo Alcántara)
El búho Alberto pasó la noche en vela. Con sus redondos ojos muy abiertos, pensaba y hacía cuentas.
«¿Qué será lo que tanto le preocupa?», se preguntaban los demás animales, sin atreverse a decir ni pío.
No osaban pronunciar palabra para no molestar al sabio búho.
Hasta que, por fin, a media mañana del día siguiente, el búho Alberto alzó la cabeza y dijo:
—Con la luna llena nacerán las crías.
—¡Qué ilusión! —exclamaron a coro las futuras mamas.
—¿Ya? ¿Tan pronto? —exclamaron a su vez los futuros papás, dominados por los nervios.
El búho Alberto repasó sus cuentas; entonces afirmó categórico:
—Así es.
Y así fue. Dos noches más tarde hubo luna llena. Y a la mañana siguiente comenzaron a nacer las crías.
La primera en romper el cascarón fue Paca, la pata.
Junto al nido había un buen número de animales todos aguardaban impacientes por verla nacer.
Y en cuanto Paca asomó la cabeza, exclamaron satisfechos:
—¡Oh, qué guapa!
—¡Tiene un pico precioso!
—i Y qué alas! ¡Seguro que con ellas volará muy alto! —decían entusiasmados.
Pero Paca no los oyó. Estaba demasiado ocupada tratando de librarse de los restos del cascarón.
Cuando por fin lo consiguió, se sintió aliviada. Miró entonces hacia uno y otro lado. Deseaba saber qué impresión les causaba a los demás.
Sólo que, para entonces, todos los ani males se habían marchado. Estaban junto al nido de la garza, ansiosos por ver el nacimiento de las crías.
Eso a Paca le supo a desplante, y, sin poder evitarlo, le sentó fatal. Creyó que, por algún motivo, le tenían manía, lo cual le pareció imperdonable. Tanto, que, a partir de entonces, aquel bando de animales le resultó muy poco simpático. Decidida a ignorarlos, volvió la cabeza hacia el otro lado.
A todo esto, se abrió uno de los huevos y asomó su cabecita una diminuta garza.
—¡Oh, qué guapa! —exclamaron todos.
«No será para tanto», pensó la pata Paca, furiosa. Creía que a ella no le habían dedicado bonitas palabras.